Testimonio de torturas de Luis Iruretagoiena Lanz (expulsado el día 8 de Junio de 1996).El 7 de Junio de 1996, sobre las 13.30 h., el funcionario responsable del área en donde me encontraba ubicado en la prisión parisina de Fresnes (2ª división norte, primer piso, celda 143) me comunicó que preparara mis objetos personales para cambiar de celda y ser puesto en libertad. Ello me produjo cierta sorpresa, pues no esperaba que mi liberación se adelantara en un día. Minutos después, otro funcionario se presentó con órdenes del Surveillant Chef (Jefe de Servicios) para registrar la celda y someterme a un cacheo integral (desnudo). A las 17.30 horas fui trasladado a una celda de la planta baja, que es destinada para las personas que serán liberadas. Allí, el funcionario responsable me llevó a otra celda para ser incomunicado y aislado de las personas que serían puestas en libertad; esto, según órdenes del Surveillant Chef. El 8 de Junio, a las 4.30 horas, cuatro funcionarios me condujeron al área administrativa de la prisión, par realizar las gestiones referentes a mi liberación: recoger la correspondencia retenida (revistas enviadas por mi familia, cartas de SENIDEAK, Gestoras pro-Amnistia y Organismos relacionados con la vida en prisión); finiquitar la situación económica; recibir las pertenencias personales y entregarme el certificado de mi libertad. Tras finalizar estas gestiones, fui conducido a una cabina de Parloir Control (Comunicaciones Administrativas) en donde se me presentaron dos funcionarios (hombre y mujer) del Ministerio del Interior francés (absentos a Creteil) acompañados de tres policías judiciales. A continuación, los funcionarios del Ministerio del Interior me comunicaron oralmente que iba a ser expulsado al Estado español y debía firmar la notificación de expulsión. Al negarme a ello y solicitarles la presencia de mi abogado, ya que si no firmaba podía ser condenado a tres años de prisión, cambiaron su tono correcto y me amenazaron diciendo que de una u otra forma sería expulsado, sacando a su vez un documento idéntico al anterior pero en el que se recogía mi negativa a firmarlo. Después, se me mostró un pasaporte temporal de cuatro días de duración, expedido por el Consulado español de París y en el que se aprecia una foto mía sacada en Enero de 1996 en la prisión de Fresnes. Como también me negué a firmarlo, se limitaron a escribir algo sobre el pasaporte, pero no llegué a leerlo porque no me lo permitieron. A las 5.00 horas se terminaron estas gestiones y acto seguido, la policía Judicial recogió mis pertenencias, me esposó, a pesar de mi negativa, y me condujo a un vehículo camuflado que se encontraba en el interior de la prisión, siendo introducido en el asiento posterior de él y asegurado mediante el cinturón se seguridad. Dando comienzo así a mi viaje hacia la frontera española. A la salida de Paris me fueron quitadas las esposas y tras dos horas de viaje, pararon por primera vez en un Restop. Hacia las 10.30 horas, volvieron a parar en una gasolinera-autoservicio para que pudiera efectuar mis necesidades y comprar con mi dinero un botella de agua mineral, pues yo llevaba ya 13 días en huelga de hambre, como protesta por el curso favorable a mi expulsión. A las 12.30 horas, el vehículo en que viajaba llegó al paso fronterizo de la Junquera (Catalunya), parándose unos instantes para localizar a sus homólogos españoles. Al instante, me conducen por la primera cabina de la derecha de la parte francesa hacia la oficina de la policía española. Me sacan del vehículo y me introducen en una pequeña sala (vestíbulo), donde ambas policías intercambian documentos y firmas. Ya en manos de la policía española fui introducido en un vehículo monovolumen camuflado, haciéndome agachar la cabeza y ponerla entre mis pies, para así trasladarme al "cuartel" (según su argot). Esta palabra me permitió reconocer que estaba en manos de la guardia civil, pues ellos nunca se identificaron y además se encontraban vestidos de paisano. Al llegar al "cuartel", que por el tiempo transcurrido debía estar en La Junquera, fui llevado hasta una celda con la cabeza agachada, mirando al suelo, y bajo la repetición constante de "cuidadito con levantarla". En la celda, se me leyeron mis "derechos" y a continuación, me retiraron todas mis pertenencias personales (gafas, reloj, medicamentos, etc.) bajo la amenaza de que si apareciera algo más sería desnudado totalmente. Después de pasar dos o tres horas, me sacan de la celda con la cabeza agachada para introducirme en el mismo vehículo monovolumen. Colocado en el asiento posterior, abrochado con el cinturón y con dos policías a mi lado y uno en frente, comienzan a insultarme y me obligan a meter la cabeza entre mis piernas con las manos abrazando mis rodillas. En esta posición, y con el vehículo en marcha, me golpean con sus manos abiertas en la cabeza. En un momento indeterminado siento que me suben la camisa y me bajan también el cuello; notando que en esas partes descubiertas me es aplicado un líquido o gel y que seguidamente me colocan una especie de gasa completamente empapada. Entonces comienzan las sesiones con corrientes eléctricas de diferentes intensidades. Las descargas eléctricas me provocan convulsiones y las más fuertes me hacían enderezarme, perdiendo mi postura y emitir gritos de dolor. Pero los policías torturadores que estaban a mi lado, me golpeaban y me obligaban a mantener la posición inicial, valiéndose además del cinturón de seguridad que lo tenía fuertemente apretado en mi cintura. Para ello, los golpes no eran sólo en la cabeza, sino también en los testículos (apretones y golpes). Estas sesiones de electrodos, que duraron un buen rato, me provocaron una gran sed y a su vez mi saliva se secaba en las comisuras de los labios formando una pasta de color amarillento. Así me llevaron, entre golpes, sesiones de corrientes eléctricas y golpes, hasta efectuar la primera parada en un establecimiento (que puede ser bar) fuera de la carretera principal, en donde pude distinguir un rótulo con la palabra "Teruel". Yo permanecí en el vehículo acompañado de dos guardias civiles en ese tiempo de parada. Los otros se dedicaron a comprar comida y líquidos (agua, leche). También pude darme cuenta de que eran más guardias civiles y vehículos los que me acompañaban. Uno de los guardias me dio un Kleenex para limpiarme las "costras" amarillentas de los labios y a su vez, me ofreció agua, insistiendo en que mejor bebiera leche. Como estaba en ayuno me negué y se reían de mi huelga de hambre. Por la presencia y el calor del sol pude precisar que serían alrededor de las 18.00ó 19.00 horas; por eso, la sesión de tortura ininterrumpida pudo durar alrededor de los horas, que para mí fueron eternas, con golpes, insultos, descargas eléctricas de diferentes intensidades, apretones y golpes en los testículos. A partir de este momento, me permitieron levantar la cabeza. Comenzó un diálogo que lo podemos llamar "civilizado" y pude ver la cara de mis torturadores, que eran los mismos que me recibieron en La Junquera. El viaje continuó y se efectuaba por autopista o autovía. El paisaje era de color terroso y desértico; no veía casas. Cuando pagaron el peaje , uno de los agentes tapó con su cuerpo la ventanilla para que no viera ni me vieran. En una gasolinera que paramos me permitieron estirar las piernas en una zona apartada. Ya empezaba a oscurecer. Desde esta gasolinera el viaje fue mudo, sin palabras. Poco antes de llegar a Madrid, me obligaron a agachar la cabeza, volver a mi posición inicial y así fui conducido hasta una celda de las dependencias en donde permanecí tres días con sus noches. En la celda se presentó uno de los agentes del vehículo, que hizo de instructor, para leerme nuevamente mis derechos, esta vez de forma oficial, con el sello de la Audiencia Nacional, pidiéndome que lo firmara. Así lo hice y pude darme cuenta de que era media noche, las 0.15 horas del domingo 9 de Junio; es decir, que mi traslado desde París duró, pues, 19 horas. Al poco tiempo, fui trasladado a la sala de "interrogatorios"; estaba al mismo nivel que la celda. En esa sala, me colocaron en un rincón, sentado en un silla y mirando fijamente a la pared. Me comenzaron a interrogar con preguntas ya repetidas en el vehículo, pero aquí los golpes fueron mayores y por cualquier nimiedad, alternándose con gritos y amenazas a la altura de mi oreja. Como se oían fuertes gritos en otra habitación me amenazaban con tratarme igual. Después de esta insinuación me hicieron levantarme y comenzaron a golpearme con mayor intensidad, siempre en la cabeza, con la mano abierta. Y en un momento dado, me golpearon con la "T" de una escoba en el dedo gordo del pie derecho, en los testículos y en la parte posterior de mis piernas. Mi noción del tiempo se fue perdiendo y cuando me trasladaron a la celda no podía dormir ni descansar a pesar de todo el tiempo que llevaba sin dormir ni descansar. La siguiente salida de la celda fue para preparar mi visita al forense. Me suben a un piso superior, a una habitación con vidrio "unidireccional". El forense me toma el pulso y la tensión. Le digo que me han aplicado corrientes eléctricas y que me viera la espalda. Al preguntarme si me habían dejado dormir le comento que no he podido, que tengo dolores en mi pierna derecha y que estoy en tratamiento médico (tomando paracetamol), así como en huelga de hambre. El tomó nota y me dijo que siguiera con el tratamiento y que me visitaría al día siguiente. Inmediatamente aprovecho para preguntarle la hora y eran cerca de las nueve horas del domingo; por eso, calculo que fueron pocas horas las que permanecí en la celda, después de mi primer interrogatorio. Al irse el forense, me llevan de nuevo a la sala de interrogatorios. Siempre en la misma posición -cabeza agachada- y me colocan mirando a la pared. Siguen insistiendo sobre el asunto de papeles y mi detención en París. La guardia civil me hace un examen caligráfico, realizándolo ante la presencia de un abogado de oficio y en la sede donde me visitó el forense. Tras ello, vuelta a los interrogatorios Esta vez centrando el asunto en papeles de las comisiones rogatorias. Me presentan un nuevo papel y como no lo reconozco me amenazan con dejar el trato "correcto" y con que me vaya preparando... Soy devuelto a la celda. Tras un período de descanso, me trasladan a la sala de interrogatorio. Esta vez noto un ambiente diferente, se palpa tensión y violencia oral; mandándome en seguida bajar mis pantalones. Examinan mis piernas y me obligan a sentarme en una silla acolchada, con respaldo y sin posabrazos. Me ponen una capucha, que por el contacto noté aterciopelada. A continuación, me colocan en los brazos algo así como muñequeras de tela. Estas son fijadas con esparadrapo y con cinta ancha adhesiva -deduciéndolo por el sonido que hacía y me las sujetan a la parte posterior de la silla. Después, efectúan la misma operación en las piernas, a la altura de los tobillos, y los fijan a cada para delantera de la silla. Me frotan las piernas con una sustancia similar a la del vehículo e inmediatamente me ponen las gasas y comienzan las sesiones de descargas eléctricas, siempre de menos a más, lo que me obligaba a enderezar mi cuerpo. Como estaba amarrado a la silla, los esfuerzos que hacía con los brazos y pies suponían fuertes convulsiones para mi columna vertebral, que se arqueaba completamente hacia delante. Las descargas eléctricas las combinaban con sesiones de bolsa; para ello, aprovechaban la capucha y se limitaban a aplicar una cinta plástica sobre la misma. Fueron muchas sesiones, no podría decir su cantidad, y el cinismo consistía en decirme que moviera la cabeza si tenía algo que decir. Bien sabían ellos que tanto las corrientes como la capucha producen un movimiento con todo el cuerpo. Al levantarme la capucha para que cogiera aire y preguntarme y no convencerles mi respuesta, volvían a la carga. Las sensaciones que se sienten son inenarrables. Hay momentos que deseas morir y físicamente acabé hecho un guiñapo; la cabeza ladeada y tirado hacia un lado de la silla, boca completamente seca y sin poder hablar, jadeo respiratorio constante, visión vidriosa y un intensa sed y los labios llenos de una sustancia amarillenta solidificada. En un momento, entró un guardia civil que hacía de buena persona y me quitó la capucha y abrazadera, dándome un poco de agua; sólo para mojar los labios y limpiarlos. Tras un período de descanso que dejaron para que me recuperara, pues no podía hablar, volvieron a interrogarme en posición cara a la pared y sentado. Ahora, sin violencia y me permitían beber algo de agua. También me trajeron leche, sólo bebí unos sorbos. Todo el interrogatorio y las sesiones de tortura trataron sobre lo referente a mi detención en París. Lo conocían por los informes de la Policía francesa. Eso demuestra el sadismo que tienen, pues todo lo conocían y las sesiones de tortura fueron gratuitas. Cuando todo terminó -no puedo precisar cuándo- el guardia civil que hacía de bueno le dijo a otro que me dejaran dormir, que no me molestaran. En todo el tiempo que duró la torura-interrogatorio no pude ver sus caras, ni quiénes eran mis toruradores.Pero sé de uno, el que me trajo de La Junquera, del que sospecho que es torturador porque me dijo -mientras me conducía a la celda- que lo que me habían hecho no era nada, que tenían sesiones más fuertes. Esta vez, recuerdo que pude dormir aunque no precisar cuánto tiempo. El siguiente traslado a la sala fue para repetir todo el relato de la sesión anterior. Un agente miró mis brazos y mi pie golpeado, observando si existían marcas visibles. Otro me preguntó si deseaba beber o desayunar algo, deduciendo que me encontraba en la mañana del 10 de Junio. También fui advertido sobre la llegada de un abogado de oficio, para mi toma de declaración, diciéndome que de mi comportamiento dependía seguir o no empleando la "fuerza", pero tampoco importaba mucho lo que hiciese o dijese, pues tenían todo el tiempo del mundo. Presté declaración en una sala contigua a la del forense, ante un abogado de oficio -permitiéndome ver su filiación pero tapándome una parte de su tarjeta- y con un equipo de la guardia civil formado por un secretaria y su ayudante, un instructor y dos inspectores (estos tres me acompañaron desde la Junquera). Al finalizarla, volvía a la sala y otro equipo se dedicó a preguntarme sobre mi vida y la situación política en Euskadi. El interrogatorio fue interrumpido para llevarme al forense. El forense tomó mis constantes, me examinó, y al preguntarme si había dormido y sobre el trato recibido, yo le contesté que regular, pues dudaba de que fuera un verdadero forense. Aproveché para preguntarle la hora; eran las 15.30, creo recordar. Era evidente el poco tiempo de descanso durante estos días y las largas sesiones de interrogatorio-torturas. Después, tras permanecer un rato en la celda, me llevan ante otro abogado de oficio para realizar otra declaración consistente en un reconocimiento fotográfico. Al finalizar, dos guardias civiles, en otra sala, me toman huellas dactilares y me hacen fotografías; consigo que me digan la hora; son sobre las 18.00 horas. Vuelvo a la sala de interrogatorios. Ahora se centran en el tema explosivos. Sacan nuevos papeles. Tampoco los reconozco. Por eso, sube la violencia oral y varios guardias se ofrecieron para golpearme. Me trasladan a la celda, diciéndome que reflexionara. Tras permanecer un rato, que no puedo precisar, abren la puerta y, como siempre, me tengo que poner mirando a la pared con la cabeza agachada para que un guardia civil me saque y me traslade a la sala de interrogatorios Nada más entrar me fue colocada una capucha de plástico. Se notaba que el ambiente era muy hostil: gritos, pisadas, juramentos... Inmediatamente comenzaron a aplicarme la bolsa. Para ello, estando de pie, me agarran fuertemente de los brazos y otro y otros me presionaban el estómago para obligarme a respirar y en este momento, cuando me faltaba el aire, apretaban el nudo de la bolsa el incluso me tapaban la nariz, para provocarme la asfixia. Es indescriptible la sensación de ahogo que se siente y los esfuerzos que se hacen para intentar liberarse; sobre todo en manos, piernas y cabeza. Varias veces noto que mi visión se llena de estrellitas y que también se pone completamente en negro. Cuando mis pies comenzaban a flojear y no resistir el peso de cuerpo, me levantaban un poco la bolsa para que tomase aire. Sucesivamente repitieron esta operación. No puedo precisar cuántas veces. Solo sé que. Cuando me encontré completamente agotado, fui trasladado cerca de un pared. Allí, un guardia que dijo haber presenciado uno de mis interrogatorios, comenzó a amenazarme y golpearme fuertemente en la cabeza y cara con la palma de su mano. También me golpeaban con la "T" de la escoba, como lo hicieron anteriormente. Esto se me hizo eterno, tanto por el cansancio como por los gritos y golpes, que no pararon hasta pasar a declarar ante otro abogado de oficio. En cierto momento, ese guardia me levantó la capucha, yo no le pude ver porque mi visión era vidriosa. Esto demuestra la técnica y el control que tienen al aplicar la tortura. Esta sesión fue más larga y dura de todas: perdí la noción del tiempo. Varias veces caí contra la pared, deseando morir para acabar con todo y no puedo precisar si perdí en algún momento el conocimiento. Casi no se me dio agua, sólo me permitieron mojar un poco mis labios y antes de declarar ante un abogado de oficio, fui amenazado con acabar con mi vida tanto fuera como dentro de prisión y se me quitó la capucha para quitar la sequedad de mis labios, sentarme y estar algo presentable. Cuando firmé la declaración ante el abogado de oficio, vi que eran las 07.00 horas de la mañana del 11 de Junio. Llevaba, pues, un día entero sin dormir con continuos interrogatorios; además del cansancio que arrastraba y los 15 días de huelga de hambre. Al salir de prestar declaración, sufrí un mareo, pero el abogado que estaba presente no se preocupó por ello. Hay que resaltar que los abogados de oficio que me asistieron no se preocuparon por mí nada de nada, solamente estaban como floreros, para cubrir el requisito legal. Fui trasladado a la celda y al cabo de un rato, se presentó un guardia civil para que firmara la orden de entrega de mis pertenencias retenidas. Posteriormente, el mismo guardia me comunicó que me llevarían a la Audiencia Nacional y además rellenó un formulario con preguntas relativas a mi vida, a la de mi familia, y a actividades políticas. Finalizado el papeleo, fui conducido con la cabeza agachada a un vehículo camuflado para trasladarme a la Audiencia Nacional. El viaje duró muy poco, pienso que menos de un cuarto de hora. En la Audiencia Nacional, me visitó el forense, que era el mismo que me atendió en las dependencias. Por fin, y con más tranquilidad, pude relatarle e trato y las torturas sufridas en esos días. Le mostré las marcas de mi cuerpo. Diversos moretones en ambos brazos, hinchazón y moretón del dedo gordo del pie derecho, moretones de los pulgares de ambas manos, erosiones en brazo hombro derecho. Tomó nota de todo ello me hizo en examen médico y me dijo que todo se lo comentara al Juez. Preguntado por la hora, me respondió, según creo, algo más de las 11 horas. Después comparecí ante el Juez Miguel Moreiras, del Juzgado de Instrucción nº 3 de la Audiencia Nacional. Mi abogado de confianza no pudo estar presente, pues, según el Juez, me encontraba incomunicado. El Juez me preguntó, primeramente si me había examinado el forense. Como es evidente: sí. Seguidamente, comenzó con la declaración y yo reconocí mis formas pero no los contenidos. A un pregunta de él sobre esto, a la que no le gustó mi respuesta, ordenó que me callara y que si no quería declarar no le importaba nada; yo opté por permanecer en silencio y responder con monosílabos. Al final, decretó mi prisión incomunicada, que el abogado de oficio se limitó a pedir que fuera comunicada. Hay que resaltar que la declaración no fue leída, sólo escuché lo que la secretaria escribía. Tras "declarar", fui conducido por la guardia civil a la cárcel de Madrid II-Alcalá Meco en un furgón. Ingresé alrededor de las 16.30 o 17.00 h. En ingresos, nada más llegar, pasé revisión médica y el doctor verificó y pudo comprobar mis marcas en el cuerpo. Tomó nota de ello, señalándolo en el informe médico, y me recetó tres pastillas diarias de "paracetamol" durante unos cuantos días. Me llevaron al Módulo 5 de cumplimiento, donde permanecí, incomunicado durante un mes: quince días sin patio, sin salir de la celda, y el resto, dada mi insistencia, con una hora de patio diaria. El 10 de Julio, un secretario judicial me informó sobre el fin de mi incomunicación; acto seguido la Dirección del centro Madrid II me aplicó el artículo 75.1 del Régimen Penitenciario (observación de conducta), permaneciendo bajo el mismo hasta el 23 de Agosto, que pasé a módulo (vida normal). En este tiempo, apareció una dolencia en mi pierna derecha y base de la columna vertebral, con fuertes dolores y agravándose paulatinamente; por lo cual, desde el 12 de Agosto, permanezco con medicación: dos semanas con pastillas, y tres semanas a base de analgésicos, antiinflamatorios y complejo vitamínico. Estas dolencias no las tenia anteriormente y el día de hoy estoy a la espera de que se me realicen placas de "Rayos X" para saber o buscar su origen. Alcalá Meco, 15 de Septiembre de 1996. |